miércoles, 17 de julio de 2013

Con espíritu divagante...



Hoy vengo con humor de no decir nada al mundo y de hablar al mismo tiempo, es decir, de divagar, de irme por las ramas, de no pensar y re-pensar en las palabras y sólo dejarlas salir como vengan, en un torrente sin sentido ni razón. ¿Por qué hago esto? Porque "me dejaron de tarea" escribir a diario, todos y cada uno de los días, y aunque ya lo hice hoy, siento que tengo una especie de bola de pelos atorada en la garganta que me lleva a decir: más, escribe más; ¡pero mi mente está seca de ideas!

¿Qué debería hacer? ¿Un cuento, un artículo, un poema? ¿Acaso en realidad importa? ¿Por qué no sólo escribir? Escribir sobre nada y sobre todo. Escribir sobre ti, sobre mí, sobre lo que fue y lo que nunca será, sobre esas tontas noches y rejuvenecidas memorias que regresan a mí como una tormenta amorosa que no quiere marcharse. Así, como esas novias celosas que en cualquier momento podrían matarte por no prestarles la atención que consideraban suficiente.

Escribir, así como se habla y se piensa, con un vaivén de emociones y pensamientos incoherentes que toman forma hasta que veo las palabras impresas frente a mí. Y entonces entiendo. Entiendo que no es que no supiera sino que no quería saber. Entiendo que otra vez todo se reduce a ti, a mí, a los kilómetros de mar sin sombras que nos separan, a las altas horas de la noche en desvelo donde paseo mi mente por los jardines de lo que "hubiera querido" y "lo que podría ser". Y me aferro a las esperanzas, a las locuras, a los impulsos, a las pasiones que brotan de lo más profundo de mi corazón no-enamorado, y me pregunto... ¿dónde demonios quedaron las letras?


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