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viernes, 5 de mayo de 2017

RETO DÍA 5: Tu familia


A ver, déjame que te lo ponga así: yo creo que existen dos tipos de familia: la de sangre y la de corazón. Y dentro de esta última tenemos dos categorías: la humana y la peluda. La de sangre ya la conoces: papá, mamá, Sam, los abuelos, nuestros tíos, ¡incluso los primos segundos de mamá! Y hasta la familia política, todos son familia de sangre. No, no me refiero a que los políticos sean de nuestra familia; sino a esa gente que llega a la familia con el paso del tiempo, como cuando las personas se casan. ¿Cómo que no entiendes? Mmm… A ver, ¿ubicas a Mary? Bueno, ella es nuestra tía política, porque no es nuestra tía de sangre, antes de estar casada con Toño no formaba parte de la familia, ¿verdad? Pero cuando se casaron ella se volvió nuestra tía. A eso se le llama “pariente político”, porque no es de sangre. ¿Qué por qué le decimos político? No, pues la verdad ni idea, jamás lo había pensado, pero no, no tiene nada que ver con la política.

¿Qué? Ah, sí, bueno, te decía: entonces tenemos a esa gran familia, que puede ser de dos miembros o puede ser sumamente numerosa. Que incluso puede que estés tú sola en el mundo, pero con que guardes su recuerdo en el corazón, siempre vivirán en ti. Pero luego tenemos a la familia de corazón. No, no son las personas que más quieres. O bueno, sí, pero no papá y mamá y ellos, sino tus amigos. Son esas personas con las que no compartes ningún lazo sanguíneo: no son tus tíos, ni tus primos, pero son tus mejores amigos y no puedes imaginarte tu vida sin ellos. ¡Exacto! Son como tus hermanos y los adoras, como tú con Lizzy y Sandy. Sí, y yo con Paco y Lola. Esos son nuestros hermanos de corazón, porque no nacieron de mamá y papá, pero los adoramos y son muy importantes en nuestra vida, ¿cierto?

Pero además de tenerlos a ellos, están esos familiares de corazón ¡que encima son muy peludos! Sí, ¡peludos! Como Bigotes y Lady. Ellos no serán humanos, ¿pero a que los quieres mucho mucho? Bueno, pues por eso mismo, ellos terminan volviéndose parte de la familia. Son como un miembro más: hay que cuidarlos, jugar con ellos, sacarlos a pasear, ver que hagan ejercicio, y darles mucha comida. Sí, en especial a Lady, siempre se come la comida de Bigotes. ¿Qué pasa con Tuga? Ah, sí, Tuga también es de la familia, pero sí, tienes razón, no tiene pelo porque es una tortuga. Pero aun así es un miembro muy importante para nosotros, ¿no crees?


Si algo le pasara a Tuga, Sam se pondría muy triste. Igual tú si le pasa algo a Lady, o yo con bigotes. Si un día por algo no están, nos dolerá mucho su partida. Por eso te decía que es tan importante cuidar a nuestra familia, sin importar qué tan chica o tan grande parezca, qué tan lejos o cerca estén, o si ya se adelantaron al Cielo como Nana… Todos ellos siempre vivirán en nuestro corazón y en nuestra memoria. Y si los tienes ahí, en tu corazón, te acompañarán siempre, sin importar a dónde te lleven tus pasos.

jueves, 4 de mayo de 2017

RETO DÍA 4: Tu animal favorito

Para Tommy y todos los mininos
que me han acompañado en la vida.

Se alarga y se enrolla, casi como si fuera un resorte. Un resorte cubierto de suave pelo. De ese pelo que puedes acariciar una y otra y otra vez, perdido totalmente en tus pensamientos, absorto en las verdades del universo, hasta que ese suave cojín con patas pierde la paciencia, se estira con la lentitud de un alma inmortal y se marcha con paso lento pero seguro, casi altanero. Sabes a dónde irá: primero comida, luego agua, luego el baño, y por último buscará un nuevo sitio donde estirarse, alargarse y enrollarse, casi como si fuera un resorte, para dejarse caer en los brazos de Morfeo y perderse por unas horas… o hasta que lo molestes de nuevo. En caso de que aún no lo sepas, los únicos brazos donde esta criatura esponjosa ama estar por horas son los de Morfeo, todos los demás resultan incómodos después de un rato. “Pero es que es tan apachurrable”, piensas. “Dan ganas de estrujarlo, abrazarlo, cargarlo, apapacharlo, consentirlo y colmarlo de besos…”, claro, hasta que sus pelos se queden en tu lengua y en tu ropa.

Pero no importa. Sigue siendo adorable.

Lo observas. Duerme con la paz de un niño recién nacido, confiado en que lo protegerás de todos los peligros. Cuando te observa con esos ojos ancestrales y baja lentamente sus párpados, sabes que te está besando, sabes que te está diciendo cuánto te ama. Con esos ojos de dragón, con remolinos y grietas y líneas dibujados en múltiples tonalidades. Ojos que podrías observar por horas si él no perdiera la paciencia, y se estirara, se alargara y se enrollara en sí mismo, casi como si fuera un resorte, cambiando de posición para indicarte que lo haz interrumpido.

Te alejas, tratando de no hacer ruido –pero fallando–, pensando en qué sucedería si tú fueras un gato: si tus pisadas fueran más silenciosas que una noche oscura, tu piel más suave que el agua de un estanque dormido o que un capullo de flor en primavera, tus ojos más profundos que la negrura del espacio y aun así tan vivos, tan astutos, con tanta sabiduría en su interior... ¡Y Dios, esas patas! Esas patas suaves y afelpadas con sus almohadillas acojinadas que quieres apretar y acariciar y besar al mismo tiempo.

Gatos. Podrías dormir todo el tiempo. Podrías no hacer nada en todo el día y nadie te regañaría, porque nadie esperaría de ti otra cosa. Al contrario, te adorarían. Te mirarían embelesados, con la misma mirada amorosa –y casi cursi– con que miras ahora a tu gato, y pensarían en lo hermosa que eres cuando te alargas y enrollas, casi como si fueras un resorte… Y es que donde algunos solo ven una suave y esponjosa bola de pelos, tú ves resumida la eternidad, el propósito de tu vida, la lección de amor y entrega total que debías aprender en aquella vida pasada cuando tu egoísmo te cegaba y alejaba de todos.

Suspira. Lo has visto. Lanzó una larga respiración en sus sueños, casi como si supiera en lo que estás pensando. Entonces abre los ojos, te observa un momento. Se estira, gira y cambia de posición. Y lo ves cómo se alarga y se enrolla, casi como si fuera un resorte…

sábado, 31 de octubre de 2015

Cuento: ¿Un sueño?



¿Despierto o duermo? Imposible saberlo. Una presión sobre el pecho me paraliza. Oigo ruidos escalofriantes, chirriantes, que ponen la piel de gallina. Sombras veloces, fugaces, cruzando mi habitación. Susurros, voces ininteligibles y aire frío, helado, angustiante. Me ahogo. Me cubro. Rezo. Un jadeo. Asomo la cabeza sólo un momento y…

lunes, 4 de noviembre de 2013

Black Fantasy

Lo sabía, sabía que había visto un asesinato, ¿pero quién quiere tener algo así en su memoria? La sangre, los restos, el cuerpo yaciente en una posición casi cómica, como si fuera una marioneta a la que de pronto le cortaron los hilos, un bailarín caído... Sí, sabía lo que mis ojos habían captado sin querer en un momento fugaz, una mirada involuntaria resultado de ese tronido en medio de la noche. Jamás podría olvidar su cara, ese rostro desfigurado mezcla de la sorpresa y el dolor. Y la sangre... tan irreal, casi tan falsa como la de las películas... Todo me recordaba las ilustraciones de batallas medievales y los cuentos de hadas que mi madre tanto me había leído de pequeño. Sí, ahora todo era un cuento de hadas, uno donde un enorme dragón había vencido al guerrero aplastando su cráneo contra el piso. Era un cuento sin final feliz donde los magos torturaban a los hombres y las brujas se comían a los niños. Daba igual que fuera de día o de noche, siempre había un muerto esperando en la esquina. Así son, así serán las calles de mi ciudad.



jueves, 1 de agosto de 2013

13 vueltas


Lo había deseado desde hacía tiempo. Había soñado con algo o alguien que pudiera acabar con las personas que la desesperaban o la hacían sentir mal: amigos, enemigos, familia. Si tan sólo pudiera transformarlos en cucarachas y corretearlos, o arrancarles una a una sus patitas, o aplastarlos hasta reducirlos a nada. Pero no, la realidad era otra: debía escuchar y callar, sin responder, casi sin sentir, pues su opinión no importaba en ese mundo de gente egoísta.


Y entonces todo cambió. No sabía si había sido por mirar tanto tiempo las estrellas en sus noches en vela (tal vez había deseado al mismo tiempo que una estrella fugaz pasaba en algún rincón del universo), o si sería por las monedas que se le habían caído en un charco a inicios de la semana (aunque no fuera precisamente una fuente), o quizás por haber observado a esa vieja señora verrugona del supermercado (que bien podría ser una bruja que convertía los sueños en realidad), pero la respuesta a sus súplicas había llegado hacía unos días en la forma de un inocente reloj de bolsillo.

Lo vintage se había puesto de moda, junto con todo lo que reflejara la nostalgia por un supuesto mejor pasado que nos había abandonado en el tortuoso presente. Primero creyó que sería de alguna de sus hermanas: un hermoso reloj dorado, redondo, con algunos relieves que representaban flores y aves. Pendía de un cordón fino, a modo de collar, y se veía tan viejo como sus abuelos, lo cual ya era decir bastante. Lo dejó en la mesa de la cocina antes de meterse en más problemas.

Sin embargo, a la hora de la cena nadie lo reclamó y ella pensó que no estaría mal tener un nuevo collar en su guardarropa. Esa noche tuvo un sueño extraño: soñó que el reloj le hablaba. Y no sólo eso: le daba instrucciones para matar a la gente. Era tan fácil y claro que despertó de golpe y no pudo cerrar el ojo en un buen rato, observando a lo lejos el reloj que apenas brillaba bajo la pálida luz rebelde que se colaba por las cortinas.

A la mañana siguiente sus compañeras del colegio la hicieron enojar. De nuevo las burlas, las críticas, las metidas de pie en el pasillo para que se cayera o los jalones de sostén en medio de un examen para que gritara. No las toleraba más. En el recreo huyó a un rincón alejado del patio y tomó su reloj entre las manos. Sabía que era absurdo pero no perdía nada con intentarlo, ¿qué más daba que hubiera sido un sueño?

Siguió las instrucciones tal como las recordaba: dio trece vueltas al reloj hacia atrás, murmuró el nombre de la chica que más la molestaba, y la observó a lo lejos platicando presumidamente con sus amigas. La niña más popular de la escuela quería lucirse frente a los demás y se puso a modelar para todos los voyeristas que la ansiaban en secreto. Pero el pasillo no era espacio suficiente y subió las escaleras. Bajaba los escalones con gracia cuando uno de sus pies resbaló y se desplomó, golpeando su cabeza fuertemente en el suelo. Los gritos llenaron el patio… al igual que la sangre.

No lo podía creer, había funcionado. Esa arpía molesta estaba muerta y ella lo había hecho. ¿Lo había hecho? No, no, debía ser pura coincidencia, esas cosas podían pasar… ¿O no? Aunque intentar de nuevo tampoco le quitaría nada, una persona más, una persona menos. Observó a una de sus amigas que siempre las criticaba a todas y se sentía una diva. Estaba comiendo unas pastillas de fruta mientras comentaba entusiasmada la muerte de su compañera. Vueltas, susurro, mirada. Su supuesta amiga hablaba de cómo podría ser la reina de la escuela ahora que la otra estaba muerta, cuando una pastilla no descendió por su garganta y comenzó a ahogarse. Estaba sucediendo, realmente estaba pasando. Tenía el poder del mundo en sus manos. Podía controlar a todos, nadie volvería a meterse con ella.

Mientras su amiga era socorrida por varios maestros en vano, ella se levantó y se fue, sintiendo el placer que sólo podía dar el poder y el control sobre los demás. Observó el patio y distinguió al chico que la había humillado una vez, tratando de sobrepasarse... y qué tal aquel otro que había lastimado tanto a su hermana, o ese profesor que la había reprobado hacía dos años.

Vueltas, susurros, miradas…

Habían pasado dos días. Las personas creían que el colegio estaba maldito: doce muertes en 48 horas. Tendrían que cerrar el instituto en lo que se hacía la investigación. Pero a ella nada le importaba. Se sentía gloriosa, fuerte, invencible, magnífica; como si fuera una antigua diosa olvidada que regresaba para cobrar venganza.

Llegó a su casa temprano, ese día ya no habría clases. Cuando abrió la puerta le sorprendió no ver a su madre o a las sirvientas, pero le restó importancia y subió a su cuarto. Iba en las escaleras cuando escuchó ruidos extraños y se acercó a la habitación de sus padres. Ojalá no lo hubiera hecho. Su madre estaba ahí con un hombre que ella no reconocía. Estaba por irse cuando su hermana mayor apareció y cerró la puerta discretamente, diciéndole que no se metiera en donde no la llamaban. Así que ella sabía también y no decía nada.

Enojada, tomó su reloj y lo apretó con fuerzas en su mano. No quería hacerlo pero a la vez pensar en su padre, en el dolor que sufriría al enterarse, en cómo su madre los había engañado a todos. Su hermana la jaloneó e intentó aventarla a su cuarto, pero se zafó y clavó sus ojos en ella. Mentiras, secretos, traiciones… estaba harta.

Vueltas, susurro, mirada…

Su hermana comenzó a inclinarse hacia el lado izquierdo, apretando su brazo con fuerza. Parecía que quería jalar aire pero éste huía de ella. Intentó gritar, decir algo, pero los sonidos no escapaban de su garganta. Pronto cayó al piso, con los ojos clavados en su hermana menor que sonreía mientras ella moría.

Pasó encima del cadáver y abrió la puerta. Su madre y su amante se giraron al instante, sorprendidos. Esta vez sí la habían visto. Ella comenzó a girar el reloj, pensando en acabar primero con su madre, cuando escuchó unos pasos detrás de ella. "Papá", dijo al tiempo que lo veía a los ojos, pero entonces su padre dio unos pasos hacia atrás, tropezó con el cadáver de su hija mayor y cayó por las escaleras. Cuando se asomó por el barandal vio el charco de sangre: había murmurado el nombre incorrecto.






 

[Cuento registrado. Todos los derechos son de Montserrat Reyes Orraca. Prohibida la reproducción total del texto sin autorización del autor. Si citas, cita la fuente]. 

martes, 16 de julio de 2013

Río escarlata


Los cazadores estaban cerca, podrían alcanzarlos en tan sólo unos minutos. Era imposible que llegaran más lejos con la herida de su padre. Un ruido sordo llenó el mal augurado silencio del bosque. Por un momento temió lo peor, pero al voltear vio al viejo hombre sacudiéndose unas hojas secas. Había caído una vez más, estaba débil y seguramente el dolor le hacía más arduo el camino.
— Deberías dejarme —murmuró su padre cuando se acercó a levantarlo.
— No digas tonterías —masculló malhumorada.
— Tienes más posibilidades de huir si estás sola...
— Cállate y camina, aún nos falta mucho —dijo al tiempo que desviaba su mirada; se negaba a ver el dolor en su rostro.
— Sabes que ellos están cerca y...
— Con mayor razón debemos apurarnos.
Volvió a colocarse el arco y el carcaj al hombro y empezó a andar con paso veloz. Intentó poner una buena distancia entre ambos, lo suficiente para mantenerlo vigilado pero que a su vez no la viera derramar las dos lágrimas rebeldes que se habían empeñado en brotar. Estaba furiosa. No entendía por qué él no luchaba, por qué nadie lo hacía, así como tampoco lo habían hecho su madre o sus hermanas. Ahora todos estaban muertos en su aldea, todos menos ellos dos. ¿Pero de qué servía celebrar una victoria cuando sus perseguidores estaban pisándoles los talones?
Según les había dicho la Adivina, había un pueblo de exiliados pasando el bosque encantado. Era el único refugio que quedaba en aquellas tierras donde el poder de la Emperatriz se había instaurado; nadie había logrado llegar más lejos. Aunque tampoco nadie había sobrevivido al ataque de los Elfos Oscuros... hasta ahora.
Thalía volvió a mirar sobre su hombro sólo para confirmar lo que sus oídos le iban diciendo: su padre seguía detrás de ella, lento pero constante. Caminaba de lado, seguramente por la herida que uno de los Elfos Oscuros le había abierto con su espada. La Adivina había intentado curarla pero estaba infectada. Sabía que pronto su padre tendría fiebre y alucinaciones, debían llegar al otro pueblo lo más pronto posible.
Siguieron andando en silencio. Cada cierto tramo el viejo caía al suelo y se volvía a levantar, pero cada vez le costaba más ocultar la aflicción y el cansancio en su cara. La noche se iba haciendo más fría y oscura, encerrándolos en una espesa niebla que ocultaba el camino. Resignada ante las circunstancias, Thalía le indicó a su padre que entrara en el hueco de un antiguo árbol muerto, mientras ella buscaba hojas muertas con que taparse.
Cuánto habría deseado prender un fuego, pero los Elfos Oscuros seguían cerca y no podía correr ningún riesgo. Thalía cubrió a su padre con las hojas y ramas, y lo dejó dormir. Decidió recargarse contra el árbol y cerrar sus ojos, de cualquier manera no le servirían de nada en la oscuridad total; en esos casos eran sus oídos quienes le avisaban de cualquier peligro.
Las horas pasaron sin un ritmo fijo, a veces veloces como gacelas, otras lentas como orugas. No parecía que al tiempo le importara mucho cómo transcurría en la noche. Poco a poco el frío se volvió un soplo helado y fantasmal que penetraba hasta los huesos. Intentó calentarse frotando sus manos y soplando sobre ellas, pero el vaho se enfriaba apenas dejaba su boca. Su padre comenzó a toser y a gemir al poco rato; seguía dormido, pero podía ver que estaba sufriendo. Tocó su frente: hervía. Si no amanecía pronto, el viejo hombre no pasaría la noche.
De pronto todo quedó suspendido: el frío, el tiempo, los ruidos. Era como si el planeta se hubiera tomado un momento para bostezar con calma antes de que los rayos de sol comenzaran a teñir los árboles y las plantas. Los trinos de los pájaros aumentaron a un nivel casi ensordecedor... si no fuera porque tenía que cuidar sus flechas, mataría a los que tenía más cerca.
Esperó a que el camino reapareciera frente a ella, dibujado por el gélido sol matutino. Con cuidado, movió a su padre y lo hizo despertar. Comieron el poco pan que les quedaba y fingió no tener sed para que el hombre se terminara el agua. No debían estar lejos del río que marcaba el final del bosque, y una vez que llegaran a él, el pueblo estaría a un tiro de piedra.
Reemprendieron la marcha, aunque a paso más lento esta vez. No quería presionar a su padre ni cansarlo pues, aunque no hablaran, sabía que estaba demasiado enfermo. Al poco de andar encontró una rama fuerte que le serviría de apoyo. Él sonrió agradecido, pero Thalía no podía devolverle la sonrisa cuando su rostro se veía tan pálido... como si ya estuviera muerto.
Siguieron de nuevo entre los troncos y las raíces, cuidando de no hacer demasiado ruido. Aunque los Elfos Oscuros no parecían rondar, había varias historias de que podían aparecer de pronto y matar a cincuenta personas en sólo unos minutos. Eran seres crueles, despiadados, entrenados para ejercer la voluntad de la Emperatriz.
Pronto el sonido del agua escurriendo se hizo notorio. Thalía se detuvo en seco para comprobarlo: sí, era el río, estaban cerca del final. Impulsada por la buena nueva, comenzó a andar más deprisa, olvidando que su viejo padre no podría seguirle el ritmo. Trotó un poco y lo vio aparecer frente a ella: el límite del bosque, el arroyo cristalino que corría entre rocas negras, y del otro lado el barranco y las tierras que habían sido antaño asoladas por la Emperatriz hasta reducirlas a cenizas. Si la Adivina no había mentido, escondida en el barranco había una cueva que fungía como entrada al pueblo de exiliados. Sólo tenían que llegar a ella y... De nuevo un ruido sordo.
Thalía volteó hacia atrás: su padre estaba en el piso, pero no se levantaba. Corrió hacia a él y lo vio tratando de jalar aire. Estaba demasiado cansado. Se inclinó y tocó su frente hirviente: tenían que llegar al pueblo de inmediato.
— Vamos, levántate —le dijo al tiempo que lo impulsaba hacia arriba—. Ya casi llegamos.
— Sólo dame unos minutos...
— No, ya casi llegamos. Podrás descansar cuando estemos en...
Los dos se voltearon a ver al instante. Un nuevo ruido había cruzado el aire, pero era el ruido filoso producido por las lanzas que cortaban todo a su paso. Thalía tiró a su padre al piso a tiempo para ver una lanza clavarse en el árbol que tenían detrás. Sacó una flecha con velocidad y la apuntó hacia el lugar de donde provenía el objeto, pero su flecha siguió de largo, sin clavarse en nada.
Thalía le indicó a su padre que no se moviera, mientras ella inspeccionaba la zona. No se oía nada, ni siquiera el aleteo de una mariposa. Los Elfos Oscuros estaban ahí y, por lo visto, se entretenían cazando a sus presas. Un nuevo ruido de metal atravesó el bosque y ella se giró a tiempo, mientras disparaba más flechas. El sonido sordo de un pesado objeto al caer le hizo saber que había dado en el blanco, aunque no pudiera ver a esos temibles hombres.
De nuevo el sonido, la lanza, las flechas... Parecía casi una danza y comenzaba a gustarle el ritmo, cuando de pronto oyó un gemido detrás de ella. Una de las lanzas le había dado a su padre, atravesando su hombro derecho. Thalía se congeló en el acto y corrió hacia él, tratando de contener las lágrimas mientras revisaba la herida. Era profunda, demasiado profunda.
— Huye —le dijo su padre—. Tienes que irte ahora.
— No, sabes que no te dejaré.
— Thalía...
La joven arrancó la lanza con el mayor cuidado posible, viendo que la punta surgiera entera. Estaba pensando en cómo cargar a su padre, cuando otro filoso ruido atravesó el aire. Reaccionó casi por instinto, utilizando la lanza como un escudo para desviar el arma que le había sido arrojada. Tomó un puñado de flechas y las mandó a diestra y siniestra, deseosa de matar a todos los elfos que pudiera. Después miró de nuevo a su padre, casi transparente, cuya respiración se había vuelto más difícil y pesada.
— Vete —murmuró.
Ella se giró, no quería verlo.
— Por favor —le rogó su padre—, no me hagas presenciar tu muerte.
Estaban a tan sólo unos metros del río, tan cerca de la libertad... Pero era imposible llegar a la cueva con su padre tan malherido y enfermo, ambos lo tenían claro. Estaba por darse la vuelta e irse, cuando el viejo hombre dijo:
— No me dejes morir con ellos.
Ella sabía lo que eso significaba. Asintió y se alejó un par de pasos, tratando de contener sus emociones y de mantenerse alerta ante los Elfos Oscuros que aún la acechaban. Luego se volteó con la lanza lista y la arrojó lo más fuerte que pudo, clavando sus ojos en el piso. No tuvo que levantarlos para saber qué había pasado; podía ver la respuesta reflejada en el río escarlata que corría a sus pies. Ahora sólo debía luchar por su vida.







[Cuento registrado. Todos los derechos son de Montserrat Reyes Orraca. Prohibida la reproducción total del texto sin autorización del autor. Si citas, cita la fuente]. 

viernes, 16 de enero de 2009

Escape del bosque



Inolvidable momento de ansias eternas. Te espero entre sombras arcaicas y frías que murmuran nuestros nombres al ritmo de una danza macabra. El miedo me rodea como una niebla espesa, impidiéndome ver más allá, oír, confiar. ¿Será cierto que vendrás?

Lo siento cerca de mí, persiguiendo mis pasos. Puedo escuchar su respiración agitada, su olfateo anhelante. Las pisadas se acercan. ¿Dónde estás? No quiero morir aquí, no quiero morir así.

La desesperación me invade, me llena el alma. Corro incesante hacia la salida, ¿pero es que hay forma de escapar? Árboles, troncos, rocas, musgo. Todo es igual. ¿Dónde está el final?

Él se acerca, se aproxima con rapidez. Me acecha como si yo fuera una simple y débil presa. Brinca y cae con un golpe sordo frente a mí.

Y otra vez está sonriendo...


miércoles, 22 de febrero de 2006

Aquella cosa en su nuca

Se sentía sola, confusa. Sus castaños ojos muy abiertos. El pasillo. Huía de algo o alguien. Aquella cosa en su nuca. Su cabello oscuro, suelto, sus rizos cubriéndole la vista cuando corría. Cada vez más cerca. ¿Sería él quien la perseguía, quien ni en su vida real la dejaba en paz? No se escuchaba ningún ruido, ni siquiera la más mínima respiración.
Y entonces la luz, una daga por la ventana.
La última inhalación.
Mon :)